sábado, 11 de febrero de 2012

Jardín de Jaume Viçens i Vives

Pasar miedo en un parque, puede ser algo bastante común, pero pasar miedo en un parque a las 18:00 de la tarde un luminoso día de invierno, no es algo que pase con mucha frecuencia. Y menos en un parque que está en mitad de la Avenida Diagonal.

Pero en este, se pasa miedo, me refiero a ese miedo psicológico que se produce en tu mente, alentado por imágenes y sonidos que van más allá de tu propia música, vomitada en tus oídos por tu Ipod.

Si andas por la Avenida Diagonal, dejando atrás el Hotel Princesa Sofia y al lado del edificio de la Caixa, hay un pequeño parque terrorífico, al que no iría a pasear cogida de la mano de nadie, ni traería jamás a mis hijos a jugar, en caso de que los tuviera.

Un parque cuya entrada principal está custodiada por una escultura de unos lobos devorando a un ciervo, con los ojos vacíos y una expresividad facial que te pone los pelos de punta, pero si después de esto, aun quieres seguir investigando, en este parque, al que nada más entrar se hace la sombra, aunque fuera de sus límites siga brillando el sol, te esperan osos polares en mitad de ningún sitio, cervatillos sin cabeza, jabalíes que parecen seguirte atentos con la mirada vacía y un sin fin de estatuas despojadas de su belleza y majestuosidad, que parecen colocadas sin orden y que dan un aspecto de cementerio zoológico al que van a parar los muertos que ya nadie quiere ver.

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